domingo, 7 de diciembre de 2014

He... ¿vuelto?

Hola.
Sé que os preguntaréis que fue de mí, pues os contaré. No pondré escusas, simplemente diré lo que es la verdad: tuve un parón. Sí, de esos que se supone que tienen todos los escritores, pero he vuelto. No prometía nunca nada cuando os dije que vinierais a leer mis historias, pero sin embargo, siento que os defraudo si no acabo esto. Por lo menos, yo me sentiría así si fuera yo la lectora. Cada vez que volvía a subir una entrada os pedía disculpas, y estoy cansada de ser así. A partir de hoy subiré seguidamente para compensaros todo este tiempo, porque esta historia ha tenido tiempos malos, y, por fin, vuelve a la luz.
En todo este tiempo, he estado escribiendo otras cosas, y creo que he crecido como escritora y estoy dispuesta a volver. Hoy por hoy, os traigo para compensar este abismo que habéis tenido, el relato que presenté al concurso de mi instituto, y sí, ¡gané! Aunque debería decir, ¡GANAMOS! Porque fueron vuestros comentarios los que me ayudaron a terminarla. Fue algo escueta y mi plan era desarrollarla aquí, pero al final esta historia desde el blog, ha tomado otra perspectiva distinta y creo que puedo poneros esta sin haceros ningún adelanto de lo que pasará. Ahora, la veo bastante mal hecha, pero no puedo cambiar nada de lo que hice porque es como algo pasado que se tiene que quedar así, como algo sagrado, siento no poder explicarme mejor… En fin, os pondré al día de muchas cosas, poco a poco, pero hoy solamente que sepáis que he vuelto y que vengo aquí para quedarme –esta vez sí–. Que tengáis un buen fin de semana y que lo disfrutéis al máximo, porque mi regreso yo sí que lo he disfrutado, con todos vosotros, ya sin más demora…
Ayla y el Sexto Reino
Corría. Corría en soledad hacia ninguna parte, sin rumbo, arañándose con todos los brazos de los árboles que se interponían en su camino. No sabía hacia donde se dirigía, solamente quería escapar de ahí, huir lo más lejos posible y salir ilesa para poder asegurar la protección de su reino, o lo que quedaba de él. La seguridad del reino de Vansar ahora recaía en ella, la única heredera, ya que sus hermanos mayores yacían ahora muertos junto a todo, o eso creía, ser humano que se encontrase en el palacio de Élosar en el momento que entraron ellos.
Ellos se hacían llamar los Axes, y estaban dirigidos por Katil. Este era el asesino más joven y temido conocido por los habitantes de los cinco reinos que formaban Portiana: Ubernel, Vansar, Dilnu, Andina y Gerna. Nadie sabía dónde se encontraba exactamente el sexto reino, actualmente en poder de los Axes, que todos denominaban Falacias o reino de las mentiras, pues se decían muchas de él. Antes era uno de los reinos que formaban Portiana hasta que, un grupo de asesinos que querían tomar el poder, lo conquistaron haciéndose así con uno de los reinos más poderosos. Aunque la gente sabía que era cuestión de tiempo que decidieran aumentar sus lindes, les tomó por sorpresa la rapidez con la que asaltaron el palacio de Élosar.
Ella había conseguido escapar gracias a Anne, su única amiga en la vida de palacio, pues no le dejaban que se relacionara con nadie de fuera. Tenía diecisiete años, solo uno más que Ayla y estaban muy unidas. Anne le ayudó a que nadie la viese mientras escapaba por los túneles secretos de debajo del castillo que solo los sirvientes más fieles conocían. Le dijo que la alcanzaría después y Ayla seguía corriendo aferrándose a la idea de que estuviese bien y hubiese logrado escapar de aquel infierno.
Las ramas le dificultaban el viaje por ese frondoso bosque enredándose en sus preciosos cabellos color miel, pero no lograban pararla, solo ralentizar su huida, cosa que tampoco le hacía gracia. Decidió hacer una pequeña parada en la que trepó a un árbol. No se le daba mal trepar; era bastante ágil, y sus escapadas al jardín del palacio habían ayudado un poco, cuando subía a los árboles sin que nadie la viese para comer algún fruto o para oír cantar a los vistosos pájaros; tiempos mejores.
La princesa permaneció subida al pino hasta que su respiración volvió a ser, dentro de lo que cabe, normal. Se disponía a bajar cuando se le ocurrió la idea de subir un poco más para reconocer el entorno. Trepó hasta que pudo ver con claridad su alrededor y lo que vio le dejó asombrada: entre los árboles se distinguía una llanura con un pequeño lago.
Bajó a toda prisa y siguió corriendo hasta llegar a esa porción de agua cristalina, allí se arrodilló y comenzó a beberla sin importarle nada más. Después se quitó la capa que le dio Anne antes de salir y su vestido y se lanzó al lago. Se refrescó y se limpió hasta que el sol llegó a lo alto del cielo, debían de ser aproximadamente las doce o la una, cuando el sol calentaba más, cuando decidió salir para que sus prendas se secaran.
Se subió a un árbol en el que divisó frutos de un color rojizo apetecibles y comenzó a recolectarlos para comer. Después de la tediosa tarea, se deslizó hasta el suelo y se colocó el vestido, extendió la capa en la tosca hierba y se sentó a comer.
Ese descanso le había venido bien, pero no debía pararse, asique recogió sus pertenencias y los frutos que le sobraron y siguió caminando a buen ritmo. Empezó a caminar en la dirección contraria a Vansar, hacia Dilnu, que quedaba a unos días a pie.
El viaje transcurrió sin percances, todo el día lo mismo, lo pasaba despierta, alejándose, sin saber cuándo acababa su trayecto. No dormía a penas y las horas de sueño ya le pesaban, pero la princesa no se rendía, se mostraba dura y fría, todo lo que nunca antes había sido.
Al cuarto día divisó la frontera de Dilnu y una sensación de felicidad le recorrió todo el cuerpo, lo había logrado, eso ya era un gran logro, pero lo que Ayla no sabía era que este solo era el primer obstáculo que superar. Se colocó la capa, cerró bien la capucha para que nadie la reconociese y echó a caminar hacia el palacio real.
Cuando estaba a punto de entrar, alguien se lo impidió:
-Lo siento pero no está autorizado a entrar ahí, ¿quién es usted para desobedecer las órdenes? –preguntó el guardia. Levantó la mirada hacia él y contestó imponentemente:
-Soy la princesa Ayla, del reino de Vansar, y solicito pasar, es una situación urgente.
Al parecer no causó el efecto que quería causar, pues el guardia se carcajeó de ella en sus mismísimas narices. Ayla enfadada intentó pasar, pero el guardia recuperó su compostura y le negó la entrada nuevamente.
-Si de verdad usted es la mismísima princesa de Vansar que prácticamente nadie conoce, demuéstrelo –ordenó con una sonrisa arrogante, la princesa bufó ante la mirada de superioridad que le lanzó-.
La chica sabía que no debía hacer eso excepto en situaciones extremas, pero esta lo requería. Sacó la mano izquierda del interior de la capa, se retiró el anillo heredado de sus padres que llevaba en el dedo anular, y le enseñó al hombre el lugar que había dejado descubierto este, encontrando el tatuaje de la corona real que todo príncipe o princesa llevaba y del que, a excepción de los guardias y pocas personas más, los habitantes desconocían.
El guardia se retiró a un lado y con la palabra asombro pintada aún en el rostro, realizó una pequeña reverencia. Ayla lo miró con repulsión, odiaba que la tomaran por mentirosa. No se podía negar que era normal que estuviera asombrado, todo el mundo hablaba de la princesa de Vansar, pero pocos, por no decir nadie, asociaban un rostro a aquel nombre.
Había estado antes ahí, y seguramente por esa razón logró encontrar rápidamente la sala del trono, donde deberían estar a estas horas reunidos el rey y la reina de Dilnu.
Llamó con sus ágiles manos a la puerta de roble que se elevaba por encima de ella y la abrió. Todos los presentes giraron automáticamente la cabeza a contemplar a quienquiera que irrumpiese en palacio a estas horas; todos menos la reina.
Ella siguió hablando con la doncella que había a su lado, que ya no le prestaba atención. Cuando se dio cuenta, la reina Diane se volvió hacia la joven parada en medio de la puerta.
Al reconocerla, su cara expresó una inmensa felicidad al tenerla de vuelta y caminó hacia ella para estrecharla en sus brazos. Era increíble lo que podía cambiar una persona en cinco años. Estaba diferente, pero los ojos esmeraldas de su padre, y el cabello color  miel de la madre, seguían iguales.
A Ayla se le escaparon dos solitarias lágrimas de felicidad por haber encontrado al fin a Diane.
Estuvieron varios minutos así abrazadas, sin decir nada. Cualquiera diría que en esos momentos parecían madre e hija, pero no era así.
Después de unas horas se encontraban reunidos en la mesa del comedor la joven y los reyes. Solo faltaba Harry, su único hijo y futuro heredero del trono de Dilnu.
La princesa contó todo lo ocurrido en Vansar y, en concreto, en el palacio, ya que no sabía nada de sus habitantes. No pudo reprimir unas lágrimas al revivirlo y Diane y su marido la abrazaron; encontrándoles así el joven príncipe al irrumpir en la sala.
Los tres alzaron la cabeza y se quedaron mirando a un sorprendido Harry que miraba a Ayla sin comprender que hacía allí.
De niños Harry y ella habían sido los mejores amigos, ya que los padres de ambos mantenían una magnífica amistad. Siempre estaban juntos, y se trataban como si fueran de la misma familia, hasta que ocurrió.
Los padres de la joven murieron en circunstancias extrañas, y desde su muerte, a Ayla y a sus hermanos no les dejaron salir del palacio, según los guardias por su seguridad. Dejaron de verse y en esos cinco años fue difícil mantener esa amistad que acabó decayendo.
Cinco años en los que ninguno se había vuelto a ver y, claro que habían cambiado. Harry no se imaginaba a la joven así, claro que suponía que ya tendría dieciséis, pero estaba más hermosa que nunca con su cabello rojizo por debajo de los hombros y con esos intensos ojos verdes que siempre la habían cautivado.
Ayla se deshizo del abrazo de los padres y se lanzó a los brazos del joven, aspirando ese aroma a bosque que tanto le gustaba. Había crecido y ya no era el niño delgaducho de trece años que soñaba con viajar por los confines del mundo junto a ella.
-Harry, estás… diferente –comentó.
-Tú también has cambiado –le contestó el joven- , para bien –añadió. Ayla se sonrojó-. Pero, ¿Qué haces aquí?
-Ha pasado una cosa horrible Harry… -la princesa no pudo reprimir las lágrimas y se puso a llorar, el joven le cogió entre sus brazos y le susurró al oído:
-Sabes que puedes contármelo todo, si quieres…
Después de que le narrara todo lo ocurrido, estuvieron toda la noche ideando una solución. La única forma de que los Axes no se hiciesen con el poder era acabar con ellos, empezando por su líder. Así pues, Ayla y Harry junto a una tropa de guardias leales, irían a buscar el sexto reino para acabar con Katil, partirían al mediodía hacia el norte.
Los dos jóvenes estaban ya preparados con todo lo necesario (comida, agua, armas, dinero…)  y con capas negras que les llegaban hasta el suelo. Ayla convenció a Diane para que pudiese llevar la de Anne, así de alguna forma la acompañaría durante el viaje.
En seguida se pusieron a caminar hacia Andina, allí encontrarían alguna pista sobre el reino de las mentiras. Tardaron unos días en llegar pero no hubo ningún percance durante el trayecto, fue demasiado fácil…
Al llegar, se adentraron en una especie de taberna donde había por todos lados, hombres borrachos a los que seguramente se les iba la lengua si les preguntaban por el reino perdido.
Los guardias se sentaron en una mesa al fondo y Harry los siguió pero la princesa lo paró:
-No me gusta este sitio, me da malas vibraciones… -le susurró
-Tranquila, no pasará nada, nos iremos dentro de nada y si pasa algo yo te protegeré.
Ayla cedió y acabó sentada a la derecha del príncipe y a la izquierda del guardia más joven que había. Tendría unos cuantos años más que ella, rondaría los dieciocho, como Harry.
-¿Que tal princesa? –le preguntó el joven.
-Llámame Ayla, y bien, gracias por preguntar, aunque este lugar no es de mi agrado… -comentó la chica- perdóneme pero no tengo memoria para los nombres, ¿me lo podría repetir?
-Soy Daniel, pero puede llamarme Dan –dijo sonriendo.
La princesa siguió conversando con Daniel y se le hizo así más amena la estancia en ese tugurio lleno de hombres. Al cabo del tiempo, decidieron ponerse a investigar y los guardias se esparcieron por la taberna para recopilar información.
Ayla se quedó con Harry, Dan y otro guardia más en la misma mesa, esperando a que volvieran. A los minutos se les acercó un hombre que de sobrio no tenía un pelo.
-Hoolaaaaah –consiguió decir el hombre.
-¿Que le trae por aquí? –preguntó Harry visiblemente molesto.
- Me he parecido escucshaaarr que queríais saber ssssobrre el reino de las mentiraaassh
-Usted no es quién para meterse en nuestros asuntos –soltó el otro guardia, Michael se llamaba.
-Ssssi lo soy sssi sé dónde se encuentraaa –susurró el hombre- viajé allí hace muuuucho tiempo, afortunadamente conseguí salir.
-Si lo sabe por qué no nos lo dice… -incitó Michael
-Ossh lo diré por una moneda –Dan sacó una de su bolsillo y se la entregó al hombre.-. El sexto rreeino essta entre Ubernel y Gerna, en lo maaass profundo del bosque, alejado de la visssta de intrusos, detrás de la puerta dorada y los árboles amarillosss, os será difícil entrar ahí –apuntó mientras asentía exageradamente con la cabeza-.
-Muchas gracias –concluyó Harry, deseoso de salir de ahí.
Salieron fuera de la taberna y esperaron hasta que estuvieron todos. Comparando la información recopilada, supieron la localización del sexto reino.
El reino de las mentiras estaba oculto en lo más profundo del bosque que hacía de frontera entre Ubernel y Gerna, tras lo que la gente llamó, árboles amarillos.
No perdieron tiempo y se encaminaron hacia el sur, pues tardarían unos cinco días hasta divisar los reinos yendo a pie.
Los tres primeros días transcurrieron tranquilamente, con pocos descansos ya que tenían que llegar cuanto antes. Nadie dormía lo suficiente, excepto la pequeña princesa, que no podía aguantar mucho. Prácticamente todos los descansos eran por ella, pero cuando quería dormir, la llevaban en brazos.
Esos días les sirvieron para conocerse mejor. El grupo lo integraban Ayla, Harry, Dan, Michael, Jean, un chico bastante callado que rondaría los treinta años, Paul, un cuarentón muy amigable, Jackson, un hombre mayor que contaba a todas horas anécdotas de sus tiempos, Howard, el guardia que dudó de la princesa, Peter, un monje de mediana edad, y, completando el grupo de diez, Richard, el bromista veinteañero que a todos agradaba.
El viaje se le hizo más corto de la cuenta porque a la tarde del cuarto día divisaron por fin el bosque y se comenzaron a adentrar en él.
Llevaban caminando unos minutos, cuando pasó. Richard que encabezaba la tropa cayó. Cayó, así sin más, se desplomó al suelo rápidamente, sin dolor.
-¡Todos a cubierto! –chilló Jackson mientras se escondía detrás de unos arbustos.
Ayla se quedó quieta, sin saber qué hacer, hasta que una mano la arrastró detrás de un árbol y salió del estado de “shock”.
-No te muevas –le susurró Harry. La joven hizo lo que le había ordenado.
Una lluvia de flechas salía de las copas de los pinos. La princesa consiguió ver algo pasando de un árbol a otro por las ramas y se lo dijo a Harry. Este mató a la criatura y salieron del escondite.
Richard estaba muerto y Jean también, este último no había logrado esconderse, así que con eso ya solo quedaban ocho. No se pararon a mirar a lo que les había retrasado, sino siguieron andando y ya, el futuro de Portiana estaba en sus manos.
Cada cual los lloró en silencio, Richard y Jean habían muerto honrando a Portiana y en cuando todo acabase, les darían el reconocimiento que debían darles…, si todo acababa. Estuvieron toda la tarde caminando y cuando oscureció decidieron parar a dormir, necesitarían fuerzas para lo que venía. Paul hizo el primer turno y todos se acomodaron para dormir.
-Harry, ¿estás despierto?
-Sí, dime, ¿qué quieres Ayla?
-Tengo miedo, ¿puedo quedarme contigo?
-Claro, ven –Ayla se recostó sobre sus brazos y miraron el cielo hasta que cayeron rendidos…
Se despertaron de un grito, Peter.
El monje yacía de costado con una espada atravesada en el estómago; uno menos. Alguien se estaba deshaciendo de ellos poco a poco, quizás alguien los siguiera.
Recorrieron los alrededores en busca de alguien pero no encontraron ni un alma, estaba todo vacío, no parecía haber ni un ser vivo por aquellos bosques.
Decidieron seguir, cuanto antes llegasen más personas serían y podrían derrotar a Katil. Caminaron toda la mañana por el mismo paisaje, ya no sabían si iban en la dirección correcta, pues ya ni se sabrían ubicar en un mapa.
Parecía que no iban a ningún lado hasta que a lo lejos divisaron unos árboles distintos. Llegaron a ellos y vieron que tenían el tronco pintado de amarillo, eran lo que los hombres de la taberna calificaron como árboles amarillos.
-¿Y ahora qué? –preguntó Dan abatido- ¿No hay nada más? No hemos perdido a esos tres buenos hombres solo para llegar hasta aquí y no encontrar nada…
-Cálmate Dan, seguro que hay algo más, algo encontraremos para llegar hasta ellos –le dijo Michael- Howard, ¿ideas?
-Pff, ya no sé qué hacer, quizás si buscamos algo… ¡Esperad! ¿No dijo un hombre algo de una puerta dorada? Quizás… Sí, busquemos algo, algo parecido a eso…, algo que…
Ayla dejó de escuchar la conversación y se alejó unos metros del grupo de hombres que analizaban la situación. Observó los dos árboles del tronco amarillo, alguien los había pintado sin duda.
¿Qué sentido tenía pintarlos? Miró hacia la copa, parecían árboles normales. Tocó el tronco del árbol y de repente sonó un clic. La corteza del árbol se abrió y dejó ver unas escaleras que descendían.
-¿Chicos? –Preguntó con voz temblorosa- Creo que he encontrado algo…
Los demás se acercaron y contemplaron las escaleras. El primero en reaccionar y bajar fue Paul, que cuidadosamente descendió por aquellas escaleras negras como el carbón.
-Podéis bajar, ya he llegado, no os creeréis lo que hay aquí -anunció.
Después entró Howard y luego Michael, seguidos de la princesa, a continuación Harry, Jackson y cerrando la fila Daniel. Abajo les esperaba una pequeña sala con una gran puerta dorada al final de la misma decorada con inscripciones extrañas.
-¿Cómo la abrimos? –rompió el silencio Michael.
-Déjame probar a mí –dijo Jackson
La poca fuerza que tenía intentó usarla en vano, pues la puerta ni se movió. Ayla pensaba qué tenían que hacer hasta que dio con una solución:
-¿Con qué se abren las puertas? –preguntó a los demás.
-Con llaves –respondió Dan.
-¿Y si tuvieseis que esconderlas donde las pondríais?
-¿A dónde quieres llegar con esto Ayla? –le preguntó Jackson, que se intentaba imaginar que pensaba la joven en esos momentos.
-A que si yo tuviera que esconder la llave de una puerta así, la pondría justo… ¡Ahí! –exclamó señalando un punto de la inscripción de la puerta.
Howard cogió la llave y abrió la puerta, dejando a la vista un lugar literalmente negro con una torre en medio. Parecía que hubiesen quemado toda la vegetación y que solo quedaran escombros.
Tan pronto se acostumbraron al medio que les rodeaba, comenzaron a caminar hacia la entrada de la solitaria torre.
Antes de llegar siquiera, unos brazos atraparon a Ayla y unas manos le taparon la boca en un intento de que no hiciera nada, pero la princesa mordió lo que le oprimía la boca y chilló pidiendo ayuda.
-¡Ayla! –Exclamó Harry, pero antes de que pudiera hacer nada alguien que conocía ya muy bien le sujetó.- ¡Suéltame Howard, Ayla está en peligro!
-No dejaré que vayas a salvar a tu princesa, esto se ha acabado para vosotros dos tortolitos, nunca debisteis emprender este viaje, acabaremos con vosotros como lo hicimos con los demás.
-¿Que hicisteis qué? –preguntó extrañado el príncipe.
-Vamos Harry, no me digas que no has caído ya en la cuenta, yo soy de los Axes y mi deber era traeros hasta aquí para mataros y quedarnos con el reinado de Vansar  y Dilnu, para después poder derrotar también a los otros reinos y hacernos con el poder de Portiana. Que ingenuo por tu parte confiar en mí –murmuró Howard-.
Entonces consiguió comprender la información y con toda la fuerza que pudo reunir le propinó una patada en el estómago, deshaciéndose de su agarre y corrió a ayudar a la joven.
Sacó su espada y se la clavó al hombre que tenía prisionera a Ayla. Cogió su mano y se reunió con Jackson, Michael y Dan que miraban la escena aterrorizados. Llegaron a la torre y subieron unos veinte pisos hasta que consiguieron llegar arriba. Allí estaba Katil contemplando el paisaje negro del que era su mundo.
-Por fin llegáis, creía que os habíais caído por las escaleras –sonrió arrogante-. Bien, acabemos cuanto antes, tengo que dominar Portiana –volvió a sonreír-.
Antes de que pudiesen reaccionar, lanzó un cuchillo que se clavó en el pecho de Jackson, llevándose su vida.
Ayla furiosa cogió una espada y se puso a luchar contra él. Todas las muertes causadas habían sido por su culpa, tenía que acabar con Katil. En un momento crítico, dejó a Ayla contra el límite de la torre y ya prácticamente indefensa.
-Ríndete princesa, sabes que te mataré, lo llevo en el nombre –le susurró-.
-Nunca –le respondió la princesa, y en ese momento, con unas fuerzas inexistentes, consiguió tornar la situación al revés-. Nos vemos al otro lado –sonrió la princesa y lo lanzó por el abismo que separaba la torre del suelo-.


Después de acabar con Katil regresaron a Dilnu y construyeron estatuas en memoria de los guardias muertos durante la misión. Anne murió, junto a todo el palacio de Élosar, pero los habitantes volvieron a rehacer sus vidas. Portiana volvió a estar como antes con el pequeño cambio de que Dilnu y Vansar se unieron con el matrimonio de los príncipes de ambos, quienes nunca estuvieron más enamorados.

1 comentario:

  1. Holaaa, me encanta que hayas vuelto, y es que no me cansaré de decirlo pero me fascina tu manera de escribir! Estoy deseando que continúes con la historia, y no quiero agobiarte ni nada, peor ya era hora de que aparecieses!! ( sin ofender xD)
    Bueno, eso es todo, sigue con la historia, que de verdad esta genial!
    Un besito!

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